La Libertad Creadora

miércoles, mayo 10, 2006

REVEL JEAN. FRANCOIS ( 1924 / 2006 ) UN PENSADOR SOCIALISTA LIBERAL

El coraje del intelectual independiente
Por Gerardo Ancarola
Para LA NACION

El 30 de abril falleció en un hospital de las afueras de París Jean-François Revel, dejando un vacío en el horizonte cultural europeo que por ahora será muy difícil de llenar. En cambio, al morir su admirado Raymond Arón (1905-1983), que fue la máxima figura del pensamiento liberal francés en los traumáticos años de la posguerra, con el predominio intelectual de la izquierda radical, de inmediato Revel tomó la posta y se convirtió, con su pluma y su talento, en el abanderado de los escritores independientes frente a las mentiras y los totalitarismos.

Fue heredero de la gran tradición francesa de pensadores liberales que va de Montaigne a Juvenel, pasando por Montesquieu, Constant, Tocqueville y Bastiat. Pero Revel se distinguió de todos ellos porque comprendió que en una sociedad como la nuestra, donde los medios de comunicación han transformado hasta la raíz misma las maneras de vivir y de pensar, había que utilizarlos y ser también, desde esos medios, un analista de la política cotidiana, es decir, un activista de las ideas. Había nacido el 19 de enero de 1924 en Marsella, con el apellido Ricard. Lo cambió por Revel -un derivado de rêve , sueño- y se trasladó a París para inscribirse en la prestigiosa Escuela Normal Superior, de donde egresó con una sólida formación cultural que a lo largo de su extensa vida seguiría cultivando.

Sumada esa formación a su curiosidad inagotable, Revel se transformó en un completo hombre del pensamiento, ya que podía incursionar con profundidad y soltura en temas muy diversos: literarios, artísticos, religiosos, filosóficos, históricos, políticos e incluso gastronómicos.

En sus comienzos, se dedicó a la enseñanza y fue profesor no sólo en su patria, sino también en Argelia, Italia y también en México. Allí entró en contacto con la realidad latinoamericana, que desde entonces lo apasionaría, como lo prueban los artículos y reportajes, que durante años se publicaron en muchísimos diarios del mundo, entre ellos LA NACION.

En la década del 60, abandona el ejercicio de la docencia -ocupó brillantemente una cátedra en la Sorbona- para dedicarse al periodismo y al ensayo. Fue, en ese terreno, redactor jefe de las páginas literarias de France Observateur (1960-1963), y consejero literario de las editoriales Julliard (1960-1965) y Robert Laffont (1965-1977). También estuvo vinculado con el semanario L´Express, del que fue editorialista entre 1966 y 1978, año en el que pasa a ocupar la dirección hasta su renuncia, en 1981. Comienza entonces a colaborar, hasta muy recientemente, con otro semanario francés de información general, Le Point.

Asimismo, fue comentarista en las cadenas de radio Europea 1 y RTL.

En su carrera como ensayista, publicó más de treinta libros, todos ellos escritos en un francés bien articulado y de gran fuerza dialéctica. Esas obras comenzaron con un título incitador: Filósofos, ¿para qué? ( 1957).

En ese libro, Revel considera que ante los problemas y los peligros del mundo actual la verdadera misión del pensador es reflexionar sobre la realidad tal como es, dejando de lado las mentiras orquestadas y buscando la verdad como el camino más seguro para la libertad, sin la cual la cultura es sólo un disfraz que esconde todas las perversiones.

Esas ideas provocativas y polémicas las vuelca más adelante en títulos inolvidables, como La tentación totalitaria (1976), donde denuncia la naturaleza despótica del comunismo, la inescrupulosidad de los marxistas para obtener sus objetivos, la manipulación de la cultura y la permanente falsificación de la historia, y "El Estado megalómano" (1981), donde le advierte al socialismo que es ingenuo al pretender manejar el stalinismo. También habla del peligro del dirigismo cultural, que emparienta a los gobiernos que lo practican con los sistemas absolutistas, y del error de las nacionalizaciones de las empresas privadas, que atenta contra el auténtico desarrollo económico, que sólo florece en las sociedades abiertas.

Años después, publica otros dos deslumbrantes ensayos: en El conocimiento inútil (1988) plantea el dramático problema de un tiempo histórico signado por las comunicaciones y el conocimiento y por el explosivo aumento de las informaciones, pero donde muchos dirigentes políticos y no pocos intelectuales muestran, hipócritamente, una "ceguera voluntaria".

Mientras tanto, en La gran mascarada (2000) le reprocha a la izquierda europea no haber asumido con claridad el hundimiento del imperio soviético, negando la verdad histórica. Aprovecha, entonces, para disparar contra algunos de los mitos sagrados de la izquierda contemporánea, como el ecologismo de salón, las "memorias truncadas" que justifican feroces injusticias, el odio al liberalismo, el tabú de comparar la similitud de los crímenes y de los métodos del comunismo y del nazismo, el manejo condicionado del pasado, el atroz sectarismo cultural de los autotitulados "progresistas" y el permanente desprecio por los Estados Unidos.

Sobre este tema, escribiría su último ensayo "La obsesión antiamericana. Dinámica, causas e incongruencias " (2002), en el que considera que sólo una mezcla de resentimiento, envidia y rencor pueden justificar, en vastos sectores europeos, los continuos ataques a Washington, más allá de los errores que puedan cometer sus clases dirigentes.

Hemos espigado sólo algunos de los textos de su vasta producción. Quizá habría que agregar uno de los últimos, Diario de fin de siglo (2001), donde, tomando como excusa el emblemático año 2000, con estilo llano y casi coloquial, analiza día por día las particularidades más inquietantes de la actualidad política y cultural, mezclándolas con hechos personales que muestran sus gastos, sus lecturas, sus compañías y su espíritu crítico, pero apasionado por la verdad y la libertad. Esa honestidad intelectual lo catapultó en 1997 a la Academia Francesa y pasó a ser, entonces, uno de los "inmortales".

Tenía una vitalidad desbordante. Más allá de su agnosticismo ( Ni Marx ni Jesús , 1970), fue respetuoso de las diferentes posiciones religiosas y políticas. Revel luchó toda su vida denunciando la perversión ideológica de los totalitarismos -comunismo, nazismo y fascismo- y de los populismos demoledores de las instituciones libres, que ponen siempre en juego idénticos mecanismos de mentira y falsificación.

Frente a ellos, el compromiso moral de los intelectuales era, para él, luchar sin desfallecimientos por la victoria de la democracia ante las deformaciones ideológicas, porque no se ganará esa batalla que, sobre todo, se libra en el campo de la cultura -nos dijo- "mientras mentir siga pareciendo un comportamiento natural, tanto en el ámbito de la política como del pensamiento, mientras se eternicen en el debate público la traición a la verdad, la negación de los hechos elementales, la distorsión de las ideas y el deseo de derribar al contradictor y no de refutar sus argumentos".

Por todo esto, a Revel le cabe, quizá como a pocos, la significativa frase de Stephan Zweig -un escritor hoy olvidado, pero de enorme popularidad en la década del cuarenta del siglo pasado- cuando, perseguido por el régimen hitlerista, en su exilio brasileño expresó: "No existe en el mundo valor más alto que el coraje libre e independiente del hombre intelectual".